WE, THE PEOPLE
El plebiscito arrojó un setenta y siete por ciento de votos a favor de la moción de Max Thurber.
La capacidad de interpretar el sentir ciudadano siempre había sido la mayor virtud del diputado centrista. O eso decían sus partidarios y comentaba él mismo; los de signos antagónicos, en cambio, afirmaban que en el panorama político del patio no se había conocido manipulador igual. En todo caso, Thurber defendió su tesis con tal vehemencia que el Presidente -y el Parlamento, casi por mayoría- dieron el visto bueno a la consulta y aceptaron el resultado como una consecuencia inevitable de los nuevos tiempos.
Desde luego, nadie osaría negar que el descontento y la apatía, inherentes desde siempre a la población nativa -en realidad, a cualquier conjunto de seres humanos bajo cualquier estructura social- habían subido en el último quinquenio con la celeridad que habría deseado para sí la economía. Una serie de desastrosos acontecimientos a escala tanto nacional como planetaria, un puñado de políticos elegidos democráticamente en países de alto y medio desarrollo que se encargaron de soliviantar no sólo a gobiernos enemigos sino a neutrales e incluso a aliados históricos, reverdeciendo el caos y poniendo al mundo al borde de la guerra, un encarecimiento global de la vida y la agudización del cambio climático, sumados a la banalización creciente de la pitanza ideológica y cultural consumida por una sociedad atomizada, llevaron el escepticismo masivo y el abierto rechazo a los discursos políticos tendientes a mantener, con apenas variaciones, el estado de cosas.
“Somos demasiado perezosos para intentar revoluciones -apuntaba el controvertido sociólogo Nick O´Donnell en un artículo publicado en Twitter como hilo de mensajes- seguimos aferrados al principio de yo me quejo, pero que lo resuelvan otros. Sin embargo, son cada vez más quienes reconocen que la democracia, con todo y sus virtudes, no solamente es imperfecta, sino que puede resultar peligrosa. Si convenimos en que la solución tampoco es la dictadura en sus diversas variantes, se hace preciso repensar la arboladura política al uso, proponer y ensayar soluciones a juego con el mundo de hoy. ¿Será acaso la anarquía la respuesta?”
Como casi cualquier texto, el de O´Donnell generó millares de memes burlescos y le acarreó al autor acusaciones de agente de esto o aquello, en un espectro que abarcaba desde la KGB a los Illuminati. Ahora bien, está claro que fueron consideraciones de similar cariz las que llevaron a Max Thurber a sostener, en su histórica intervención en el Parlamento, la idea que enseguida se tradujo en plebiscito y casi de inmediato en leyes y decretos concebidos para su aplicación paulatina pero irreversible.
-Cuando se dan uno o varios pasos en la dirección equivocada, lo sensato es retroceder hasta una configuración segura -afirmó entonces el político- derechas e izquierdas han enloquecido y cada vez se parecen más la una a la otra, porque ninguna es capaz de volvernos al camino. La democracia tiene sus ventajas, quién lo duda, y una de ellas es que me permite estar aquí y exponer mis razones, pero ciertamente ha demostrado cuán breve y frágil es la memoria colectiva, cuán fácil es embaucar a las masas y venderle quimeras.
“Yo no me andaré por las ramas. Nuestra economía languidece, no podemos competir en las primeras ligas. La guerra de todos no ha estallado, pero las guerras no cesan. El ciudadano común percibe que todo se jode, y que vote por candidatos y opciones delirantes demuestra que está harto de las narrativas al uso, pero no puede ver más allá de los límites que la propia democracia le impone.
“Hay que ir al seguro. Sé lo que necesitamos, sé lo que la gente quiere pero es incapaz de precisar. Y, sobre todo, sé lo que la gente necesita. Por ello, propongo que nuestra sociedad vuelva a instaurar el sistema esclavista. Concretamente, según el modelo griego, con lo cual no renunciaríamos al meollo democrático pero no podría ejercer el voto cualquier imbécil por el mero hecho de vivir aquí. Si este ilustre órgano lo aprueba, sugiero efectuar un plebiscito para que sea la población quien legitime o rechace mi iniciativa.
Como queda dicho, con una cuasi unanimidad sin precedentes, más de las tres cuartas partes de la ciudadanía votaron a favor de la transformación social esbozada por Thurber.
Durante varios días la prensa, la televisión y las redes sociales de todo el mundo apenas si comentaron de otra cosa. Por más que en el ínterin se avivaron tres guerras locales, una empresa de Texas logró resucitar al pájaro dodo (les salió con pelaje en lugar de plumas, de manera que recordaba más que nada a una obesa marta cebellina, pero un portavoz aseguró que el segundo ejemplar sería adecuadamente perfeccionado) y hubo un pavoroso incendio en Groenlandia, a nadie parecieron importarle aquellas u otras noticias de similar calibre: que un país decidiera por vía democrática restablecer el derecho de algunos seres humanos a disponer de otros en propiedad absoluta fue algo que nadie vio venir y que generó denuncias, protestas y, en no desdeñable cuantía, también aplausos.
Varios países del Tercer Mundo, particularmente afectados en otra época por la esclavitud y la trata, presentaron en la ONU un documento exigiendo la intervención inmediata del organismo internacional para impedir la implantación del bárbaro sistema en el Estado cuyo gobierno lo anunciara en modo tan cínico e irresponsable. Tropas de la ONU, pedían, o por lo menos un buen bloqueo económico en todos los frentes, hasta que retornen a una democracia básica. En los tiempos que corren es inadmisible renunciar a lo avanzado, no podemos aceptar un Estado esclavista en la comunidad de naciones. Así de sencillo.
Aunque rubricado por una mayoría, el texto y la moción fueron vetados por quienes podían hacerlo. No tenemos derecho a inmiscuirnos en una decisión soberana y, sin lugar a dudas, democrática del glorioso pueblo de esa república, fue la línea de argumentación esgrimida por aquéllos al engavetar el documento; por otra parte, sus representantes han indicado que se proponen seguir el modelo ateniense, y es sabido cuánto le deben todas nuestras culturas al sistema social de la celebérrima polis griega. Alguien observó que si algo había caracterizado la política exterior de las naciones con derecho a veto en un montón de décadas fue precisamente la facilidad con que se inmiscuyeron en decisiones e incluso territorios soberanos, si tales decisiones no resultaban de su agrado. Pero todo quedó ahí.
Habría que darles una oportunidad. No será lo mismo la esclavitud histórica que su revisitación moderna, opinaban algunos expertos. Sí, puede que se trate de su última disposición auténticamente democrática, pues en lo adelante habrá ciudadanos y esclavos, con lo cual los beneficios de la democracia no alcanzarán a todos, pero a día de hoy sigue siendo la voluntad del pueblo. Más allá de algunas voces aisladas, ni siquiera los propios partidos de oposición se enfrentaron a la medida. Si prefieren el sistema esclavista, es su derecho construirlo.
La noción de siervos propiedad de un amo no admite matices, ripostaban quienes se oponían de plano a la idea. Que los ciudadanos atenienses libres y con propiedades pudieran llevar a votación determinados asuntos y los españoles o ingleses dependieran de la voluntad del rey y los gobernadores es un asunto que concierne a esos ciudadanos libres, no a los esclavos, pues tan denigrante sería ser rebajado a esa condición en Atenas como en Jamaica. Sabemos que en el presente subsisten diversas formas de esclavitud, pero que un Estado declare sin ambages que abrazará dicha estructura social, lo que la convertiría en obligatoria en todo el territorio, es inaceptable, y la comunidad internacional tendría que hacer algo al respecto.
Los países más poderosos siempre han justificado sus invasiones y embargos con el argumento de que lo hacían para restablecer, o bien introducir, la democracia en el país objeto de sus atenciones -argumentaban los tolerantes con el resultado del plebiscito- sin importarles lo que el gobierno local opinara al respecto, y por tal razón se les ha criticado llamándoles imperialistas y cosas por el estilo… ¿y ahora se les exige que hagan precisamente eso, en nombre de los mismos principios? Un poquito de coherencia, por favor.
“Y otra cosa: un guarismo respetable de ciudadanos votó a favor del cambio social, en tanto un mero veintitrés por ciento se opuso. Ahora bien, la Historia nos muestra que los esclavos siempre fueron más numerosos que sus amos; una familia de seis personas podía tener perfectamente una dotación de doscientos africanos en su plantación caribeña. Desde ese punto de vista, no sería válido argumentar que el porciento que rechazó la medida lo constituyen los esclavos potenciales; todo lo contrario, muchos de los que la apoyaron lo hicieron a sabiendas de que en pocos meses podrían haber perdido su condición de ciudadanos para vivir padeciendo trabajos forzados… y, con todo, estuvieron de acuerdo. Si ese es su gusto…”
Cuando se arrepientan será demasiado tarde, contraatacaban los antiesclavistas, todo el mundo sabe que la decepción y el hastío llevan a los ciudadanos a votar de manera irreflexiva, y luego lo lamentan, pero aquí no se trata de esperar cuatro años a un cambio de gobierno, pues no estamos hablando de un sistema social cualquiera, sino de uno particularmente rígido. Es concebible y hasta probable que las voces que en el futuro pidan volver a la democracia sean acalladas o acusadas de estar pagadas por algún enemigo externo. Entretanto, los países poderosos, los que vetaron la solicitud de intervención, lo hicieron con toda probabilidad porque les conviene sostener un estado de cosas en que puedan hacer sus inversiones e introducir su tecnología contando con una mano de obra baratísima. Imperialismo de toda la vida.
De este jaez prosiguió la controversia, pero unos meses después ya no era el tema principal de los noticiarios. El segundo dodo había salido sin pelo pero con escamas de reptil, y los Rolling Stones preparaban una nueva gira.
-El siguiente.
Un hombre joven, aunque no tanto, avanzó hasta topar con el buró del funcionario.
-Vengo por lo del anuncio -declaró.
-Como todo el mundo -observó el empleado público- la verdad es que no damos abasto. Es sorprendente la cantidad de personas que creen que como esclavos estarán mejor. En fin, vamos allá. ¿Nombre?
El candidato dijo que su apellido era Rodríguez, tenía treinta y cuatro años, era divorciado sin hijos, actor de profesión aunque momentáneamente desempleado, con el número de identidad ochopetecientoscerumendiecisexueve, y que vivía en la avenida Primera entre Segunda y Cuarta.
-¿Leyó toda la información online?
-Hasta el último párrafo. De hecho, traté de registrarme por la misma vía, pero no fue posible.
-Tratándose de un asunto tan especial, salvo en casos de patente discapacidad motora del candidato, preferimos efectuar entrevistas presenciales…
-¿Y por qué alguien así querría convertirse en esclavo?
-Se sorprendería -bostezó el funcionario- ayer atendí a un parapléjico, traído por sus familiares cercanos, cuyo ferviente anhelo consistía en ser azotado y crucificado… Bien, cuénteme en pocas palabras por qué se presenta voluntario.
-Mire, desde que alcancé la edad laboral he estado más tiempo sin empleo que trabajando. Soy un buen actor, tengo mi habitación empapelada con críticas favorables, hubo quien en su día me llamó el nuevo Laurence Olivier…
-¿El nuevo qué?
-Es igual. La cosa es que sin estabilidad económica no se puede. Si uno lo mira bien, en democracia, o al menos en nuestro modelo de democracia, el ciudadano está maniatado por los impuestos, la publicidad, lo políticamente correcto. Disfruta de una apariencia de libertad, no de la libertad misma.
-Ahórrese la retórica izquierdista.
-Usted preguntó, ¿no? Como yo lo veo, los esclavos, en cambio, tienen un amo que les garantiza techo y comida. Y un empleo. Para muchos eso es suficiente, se lo aseguro. Es más, apostaría a que presenciaremos un repunte de la economía en menos de un año. Ya sé lo que va a decirme, que las condiciones de vida son durísimas, que hay que trabajar dieciséis horas o más al día, que cualquier signo de rebeldía o desobediencia se castiga con latigazos o en el cepo, que no hay Seguridad Social… Está bien, pero es bonito ver el fruto de tu trabajo. Ahí están las pirámides de Egipto, ¿verdad?, que fueron levantadas por esclavos o ciudadanos nominalmente libres pero esclavizados de facto… Yo sentiría orgullo al saber que tantos siglos después mi esfuerzo contribuyó a erigir una de las maravillas de la Humanidad…
-Me temo que no sentiría nada más que agotamiento, y moriría mucho antes de ver terminada la primera pirámide.
-Eso dice usted, pero no puede demostrarlo porque no vivió en esa época, ¿verdad? Escuche, aunque es poco probable que mi futuro amo me destine a la escena, me mantenga en régimen de servidumbre sólo para que interprete a los clásicos o cuente chistes en su presencia, tampoco es imposible, digo yo. En cualquier caso, no le tengo miedo al trabajo pesado, y estoy desengañado de los sistemas políticos actuales. De todos ellos. En mi época de éxito viajé bastante, recorrí países comunistas, musulmanes, con dictaduras militares… ¿Ha leído a O´Donnell? Es amigo mío.
-¿A quién?
-Ya veo. Bueno, es un teórico, o algo parecido. Me cuesta llamar así a un tipo que publica sus ensayos en Twitter y Facebook, pero puede ser un prejuicio personal. El punto es que concuerdo con su análisis pero no con la solución que sugiere: ensayar la anarquía. No estoy tan seguro de eso, y hemos discutido al respecto más de una vez: un país sin gobierno, hombres sin jefe, no duraría mucho. La esclavitud se mantuvo durante milenios. Por algo sería.
El funcionario suspiró y se reclinó en su asiento.
-Se supone que debo alentarle, pero por lo visto no es necesario. Si estudió la información online, recordará que hay un acápite referido a las circunstancias en que su condición de esclavo podría ser revocada…
-Algo recuerdo, pero imagino que usted va a explicármelo de todos modos.
-Es mi trabajo. La cosa es así: a quienes sean lerdos o revoltosos se les privará de su estatus y, en dependencia de la gravedad de sus faltas, se les castigará en un rango que iría desde seis meses de licencia hasta la reclusión por tiempo indefinido en un campo de concentración bajo condiciones estrictamente democráticas.
-Por Dios.
-Y cuando digo democráticas, quiero decir con elecciones libres, separación de poderes, impuestos y todo. En la práctica, dicho campo funcionaría como ha sido hasta ahora nuestro país, sólo que a escala más pequeña.
-Yo no pienso rebelarme, se lo aseguro.
-Bien. De todas formas, si transcurridos dos años no desea continuar en la posición social elegida, será libre para ingresar voluntariamente a uno de los campos de concentración descritos, o bien para aplicar a una plaza de amo, sobrevivir por su cuenta o incluso para emigrar a otras latitudes, si ese es su deseo.
-No creo que se me antoje tal cosa, pero gracias por la información. Eso del estatus renovable, por cierto, es algo cuya aplicación al matrimonio debería ser considerada seriamente…
-Ya que menciona el hecho de contraer nupcias, está especificado que ningún amo tiene derecho a impedirle casarse con otra esclava, o con un esclavo, pues de ninguna manera nos oponemos a que cada siervo exprese libremente su sexualidad, desarrolle la orientación de su preferencia. Eso sí, los posibles hijos fruto de dicho enlace mantendrán la categoría social de los progenitores hasta su arribo a la mayoría de edad: entonces podrán decidir si siguen siendo esclavos o no.
-Me parece justo.
-Firme aquí y aquí.
Seis meses más tarde, el país no sólo funcionaba como un Estado esclavista (con una nueva Constitución redactada por un equipo de expertos, que integraba a Max Thurber en calidad de asesor) sino que en efecto había experimentado un alza en varios renglones económicos.
Para empezar, el turismo. Las redes sociales rebosaban de videos tomados por visitantes en que aparecían siervos realizando todo tipo de trabajos pesados, siendo apaleados por sus dueños, o simplemente concediendo breves entrevistas donde reivindicaban la belleza de su condición, asegurando que no podría entenderlo quien no lo hubiera disfrutado. Algunos, si disponían de tiempo -en los minutos que les eran concedidos para alimentarse, o por la noche en el barracón- narraban que se convirtieron en lo que eran abrumados por deudas impagables, por estulticia palmaria que los inhabilitaba como ciudadanos cabales o bien como castigo por algún tipo de traición a la patria, aunque la inmensa mayoría estaba allí por voluntad propia; como a Rodríguez, les sedujo la estabilidad que les proporcionaba el amo. Los turistas regresaban a sus hoteles satisfechos y pagaban a gusto, aunque a no pocos, en plena madrugada, les quitaba el sueño la duda de si habría equivocado su camino en la vida, y más de uno amaneció solicitando la ciudadanía del Estado esclavista.
Pero no sólo aparecieron y se abarrotaron hoteles nuevos; numerosas empresas extranjeras, que hasta entonces habían mirado con desdén a ese país lejano e insignificante, descubrieron de pronto las ventajas de invertir allí, comprando contingentes de esclavos frescos que podrían ser revendidos cuando su productividad mermara, o reutilizados como soldadesca en cualquier guerra que tuvieran a mano. Las compañías locales, por su parte, al quitarse de encima a Sindicatos y Ministerios, se dieron el lujo de escoger los mejores socios y precios en una multitud de ávidas transnacionales. La nación esclavista se benefició asimismo de varios Tratados de Libre Comercio y de la condición de socio preferencial de un puñado de potentísimas economías, que no perdían ocasión de asegurar cuánto respetaban la decisión soberana de aquel pueblo valiente y progresista.
También es cierto que la transformación no agradó a todo el mundo: estaba aquel veintitrés por ciento que receló desde el principio. Así, muchas personas, incluyendo a algunos militantes de Partidos de la oposición (aunque no a sus líderes, que se acomodaron enseguida al recién estrenado orden de cosas) optaron por emigrar a otras naciones, unas democráticas y otras no tanto. O´Donnell, el sociólogo, a quien el Cuerpo de Rancheadores de la Policía Popular sugería con cierta insistencia que renunciara a escribir esos texticos subversivos, titubeaba casi a diario, pero a la larga eligió permanecer en su tierra. Para quitarse de encima, al menos en parte, el hostigamiento policial, compró a un vecino suyo, previo acuerdo verbal con el interesado en el sentido de que no lo haría trabajar apenas, con lo cual técnicamente devino un amo, y si bien no dejó de pergeñar textos críticos consiguió encajar así en la nueva estructura social.
Quien sí emigró fue Max Thurber. Con todo y ser el apóstol del gran cambio, a poco de comenzado el segundo semestre ya estaba viviendo en otro país. En conferencia de prensa, declaró haber abrazado la misión de predicar las ventajas del esclavismo por otras tierras, y dado que prácticamente ningún Estado podía preciarse de no haber cobijado relaciones amo-esclavo en algún momento de su historia, con su desempeño no estaba exportando ideologías foráneas sino revitalizando tradiciones.
-¿Qué piensas hacer? -preguntó O´Donnell, mientras su esclavo le servía café al visitante- ¿qué significa, en sustancia, sobrevivir por cuenta propia?
-No sé -admitió Rodríguez- improvisaré, supongo.
-La falta de plan es también un plan -repuso el sociólogo- esto es, si tu plan es no planificar…
-Ya está bien -gruñó el otro- he pasado dos años como esclavo. No lo empeores con tu filosofía barata.
-Sólo estoy tratando de entenderte.
-Es muy sencillo. Como te dije, decidí no volver a firmar como esclavo y seguir por mi cuenta. No sé lo que voy a hacer, pero sí sé lo que no quiero. La esclavitud no compensa. La democracia tampoco: pasé tres meses en un campo de concentración democrático por haberle mirado el culo a la madre del amo.
-¿Lo hiciste?
-Claro que no, ¿por quién me tomas? Se lo miré millares de veces a la esposa y a la hija veinteañera, y el tipo nunca se dio cuenta. La madre tiene setenta y un años, iba a pasear al perro, y yo miraba al perro. Traté de argumentar en esa dirección, con el resultado de terminar tras las rejas democráticas. Para más ensañamiento, en calidad de concejal de Adultos Mayores y Bienestar Social. Fue un infierno, te lo aseguro.
El esclavo de O´Donnell trajo unos picatostes. Su amo le indicó que se sentara con ellos. El hombre obedeció, echó mano al móvil y se puso a mirar entradas de Facebook.
-Como tú, no deseo emigrar -continuó Rodríguez- a diferencia de ti, no me veo como amo, no podría poseer a otra persona ni siquiera en las condiciones en las que lo posees a él…
-Rigoberto -dijo el siervo, tendiéndole la mano- encantado.
-Sí, perdona, debí haberlos presentado -se excusó O´Donnell- si he comprendido bien, no quieres ser amo, te hartaste del estatus de esclavo, no la pasaste bien en el centro de confinamiento democrático y tampoco te entusiasma la idea de emigrar, así que has decidido improvisar. ¿Qué margen hay para la improvisación?
-Muy poco -admitió Rodríguez- he pensado formar una compañía de juglares ambulantes con alguien que cante, alguien que baile y un par de actores para poder montar obras pequeñas. Por el momento, sin embargo, se han presentados poquísimos candidatos a mis castings, así que recién he comenzado a hacer stand up en barracones para alegrar a mis antiguos compañeros. Los amos pagan una miseria porque han perdido la costumbre de pagar, pero voy tirando. Es algo provisional, naturalmente…
-Yo no podría -declaró Rigoberto- por cierto, he oído decir que una banda de profesores de Marxismo intentó asesinar a Max Thurber allá donde ahora vive, porque según el Materialismo Histórico tendría que llegar el comunismo en algún momento, no retornar la esclavitud.
-Fake news -declaró O´Donnell- deberías dejar el móvil un par de horas. No te lo digo como amo, sino como amigo. La gente es más interesante que las redes, y hay libros y películas…
-Claro, claro -murmuró el esclavo, sin sacar la nariz de la diminuta pantalla- y miren quién lo dice. Antes de ser tu esclavo yo ni siquiera tenía móvil. Por favor, sabes que lo dejo cuando quiera. Verás que un día de estos me pongo a leer.
Rodríguez movió la cabeza, no del todo convencido.
-Lo que sí es cierto es que estamos presenciando cosas que no creímos posibles, y que el mundo se degrada y terminará autodestruyéndose si no hacemos algo -vaticinó el sociólogo- nadie es feliz, nadie se va a dormir sin angustias, incertidumbre, deseos de matar a alguien. Valores y derechos pueden reducirse a valorechos: una palabra maleta, como diría Lewis Carroll. Maleta vacía, desde luego. La anarquía, por otra parte…
El actor por cuenta propia se puso de pie.
-Lo siento, pero es hora de irme. El café y los bocaditos, deliciosos, pero…
-Botanas -dijo el esclavo.
-¿Qué?
-Botanas se les llama en México a los entrantes, los aperitivos, las cosas de picar. Acabo de leerlo en Facebook. Y el tercer dodo ha salido bien, a primera vista, aunque con branquias. Para que luego alguien diga que las redes sociales embrutecen…
Rodríguez hizo una mueca y se dirigió a la salida.
-¿Para qué viniste? -preguntó O´Donnell.
-Para verte -dijo el visitante- no me quedan demasiados amigos, y casi ninguno tiene tiempo con tanto trabajo y castigos. Ahora mismo hay uno acarreando piedras para construir un hospital, y otro en el cepo.
-Pero no sólo viniste a eso, ¿verdad?
Ya junto a la puerta, el artista se volvió. Hubo unos segundos de silencio, apenas rasgado por la voz de un teórico de la conspiración que llegaba, amortiguada, del móvil de Rigoberto.
-Quería saber si tenías la respuesta. No esa letanía del anarquismo. Se supone que eres sociólogo, así que imaginé que en dos años habrías encontrado algo…
O´Donnell masticó pensativamente un bocadillo.
-Es cuestión de tiempo que haya un nuevo cambio social. En su momento, el esclavismo dio paso al sistema feudal, con lo que implicó de oscurantismo, guerras y pandemias. No creo que ahora nos aboquemos a un nuevo feudalismo, pero algo vendrá. Algo nuevo. Y no tomará siglos, porque el mundo moderno sigue acelerando en cualquier dirección que tome. En cuestión de dos o tres generaciones…
Rodríguez salió y tiró la puerta.
-Ay, qué violencia -dijo el esclavo.
5 de abril 2025