WE, THE PEOPLE

El plebiscito arrojó un setenta y siete por ciento de votos a favor de la moción de Max Thurber.

La capacidad de interpretar el sentir ciudadano siempre había sido la mayor virtud del diputado centrista. O eso decían sus partidarios y comentaba él mismo; los de signos antagónicos, en cambio, afirmaban que en el panorama político del patio no se había conocido manipulador igual. En todo caso, Thurber defendió su tesis con tal vehemencia que el Presidente -y el Parlamento, casi por mayoría- dieron el visto bueno a la consulta y aceptaron el resultado como una consecuencia inevitable de los nuevos tiempos.

Desde luego, nadie osaría negar que el descontento y la apatía, inherentes desde siempre a la población nativa -en realidad, a cualquier conjunto de seres humanos bajo cualquier estructura social- habían subido en el último quinquenio con la celeridad que habría deseado para sí la economía. Una serie de desastrosos acontecimientos a escala tanto nacional como planetaria, un puñado de políticos elegidos democráticamente en países de alto y medio desarrollo que se encargaron de soliviantar no sólo a gobiernos enemigos sino a neutrales e incluso a aliados históricos, reverdeciendo el caos y poniendo al mundo al borde de la guerra, un encarecimiento global de la vida y la agudización del cambio climático, sumados a la banalización creciente de la pitanza ideológica y cultural consumida por una sociedad atomizada, llevaron el escepticismo masivo y el abierto rechazo a los discursos políticos tendientes a mantener, con apenas variaciones, el estado de cosas.

“Somos demasiado perezosos para intentar revoluciones -apuntaba el controvertido sociólogo Nick O´Donnell en un artículo publicado en Twitter como hilo de mensajes- seguimos aferrados al principio de yo me quejo, pero que lo resuelvan otros. Sin embargo, son cada vez más quienes reconocen que la democracia, con todo y sus virtudes, no solamente es imperfecta, sino que puede resultar peligrosa. Si convenimos en que la solución tampoco es la dictadura en sus diversas variantes, se hace preciso repensar la arboladura política al uso, proponer y ensayar soluciones a juego con el mundo de hoy. ¿Será acaso la anarquía la respuesta?”

Como casi cualquier texto, el de O´Donnell generó millares de memes burlescos y le acarreó al autor acusaciones de agente de esto o aquello, en un espectro que abarcaba desde la KGB a los Illuminati. Ahora bien, está claro que fueron consideraciones de similar cariz las que llevaron a Max Thurber a sostener, en su histórica intervención en el Parlamento, la idea que enseguida se tradujo en plebiscito y casi de inmediato en leyes y decretos concebidos para su aplicación paulatina pero irreversible.

-Cuando se dan uno o varios pasos en la dirección equivocada, lo sensato es retroceder hasta una configuración segura -afirmó entonces el político- derechas e izquierdas han enloquecido y cada vez se parecen más la una a la otra, porque ninguna es capaz de volvernos al camino. La democracia tiene sus ventajas, quién lo duda, y una de ellas es que me permite estar aquí y exponer mis razones, pero ciertamente ha demostrado cuán breve y frágil es la memoria colectiva, cuán fácil es embaucar a las masas y venderle quimeras.

“Yo no me andaré por las ramas. Nuestra economía languidece, no podemos competir en las primeras ligas. La guerra de todos no ha estallado, pero las guerras no cesan. El ciudadano común percibe que todo se jode, y que vote por candidatos y opciones delirantes demuestra que está harto de las narrativas al uso, pero no puede ver más allá de los límites que la propia democracia le impone.

“Hay que ir al seguro. Sé lo que necesitamos, sé lo que la gente quiere pero es incapaz de precisar. Y, sobre todo, sé lo que la gente necesita. Por ello, propongo que nuestra sociedad vuelva a instaurar el sistema esclavista. Concretamente, según el modelo griego, con lo cual no renunciaríamos al meollo democrático pero no podría ejercer el voto cualquier imbécil por el mero hecho de vivir aquí. Si este ilustre órgano lo aprueba, sugiero efectuar un plebiscito para que sea la población quien legitime o rechace mi iniciativa.

Como queda dicho, con una cuasi unanimidad sin precedentes, más de las tres cuartas partes de la ciudadanía votaron a favor de la transformación social esbozada por Thurber.

Durante varios días la prensa, la televisión y las redes sociales de todo el mundo apenas si comentaron de otra cosa. Por más que en el ínterin se avivaron tres guerras locales, una empresa de Texas logró resucitar al pájaro dodo (les salió con pelaje en lugar de plumas, de manera que recordaba más que nada a una obesa marta cebellina, pero un portavoz aseguró que el segundo ejemplar sería adecuadamente perfeccionado) y hubo un pavoroso incendio en Groenlandia, a nadie parecieron importarle aquellas u otras noticias de similar calibre: que un país decidiera por vía democrática restablecer el derecho de algunos seres humanos a disponer de otros en propiedad absoluta fue algo que nadie vio venir y que generó denuncias, protestas y, en no desdeñable cuantía, también aplausos.

Varios países del Tercer Mundo, particularmente afectados en otra época por la esclavitud y la trata, presentaron en la ONU un documento exigiendo la intervención inmediata del organismo internacional para impedir la implantación del bárbaro sistema en el Estado cuyo gobierno lo anunciara en modo tan cínico e irresponsable. Tropas de la ONU, pedían, o por lo menos un buen bloqueo económico en todos los frentes, hasta que retornen a una democracia básica. En los tiempos que corren es inadmisible renunciar a lo avanzado, no podemos aceptar un Estado esclavista en la comunidad de naciones. Así de sencillo.

Aunque rubricado por una mayoría, el texto y la moción fueron vetados por quienes podían hacerlo. No tenemos derecho a inmiscuirnos en una decisión soberana y, sin lugar a dudas, democrática del glorioso pueblo de esa república, fue la línea de argumentación esgrimida por aquéllos al engavetar el documento; por otra parte, sus representantes han indicado que se proponen seguir el modelo ateniense, y es sabido cuánto le deben todas nuestras culturas al sistema social de la celebérrima polis griega. Alguien observó que si algo había caracterizado la política exterior de las naciones con derecho a veto en un montón de décadas fue precisamente la facilidad con que se inmiscuyeron en decisiones e incluso territorios soberanos, si tales decisiones no resultaban de su agrado. Pero todo quedó ahí.

Habría que darles una oportunidad. No será lo mismo la esclavitud histórica que su revisitación moderna, opinaban algunos expertos. Sí, puede que se trate de su última disposición auténticamente democrática, pues en lo adelante habrá ciudadanos y esclavos, con lo cual los beneficios de la democracia no alcanzarán a todos, pero a día de hoy sigue siendo la voluntad del pueblo. Más allá de algunas voces aisladas, ni siquiera los propios partidos de oposición se enfrentaron a la medida. Si prefieren el sistema esclavista, es su derecho construirlo.

La noción de siervos propiedad de un amo no admite matices, ripostaban quienes se oponían de plano a la idea. Que los ciudadanos atenienses libres y con propiedades pudieran llevar a votación determinados asuntos y los españoles o ingleses dependieran de la voluntad del rey y los gobernadores es un asunto que concierne a esos ciudadanos libres, no a los esclavos, pues tan denigrante sería ser rebajado a esa condición en Atenas como en Jamaica. Sabemos que en el presente subsisten diversas formas de esclavitud, pero que un Estado declare sin ambages que abrazará dicha estructura social, lo que la convertiría en obligatoria en todo el territorio, es inaceptable, y la comunidad internacional tendría que hacer algo al respecto.

Los países más poderosos siempre han justificado sus invasiones y embargos con el argumento de que lo hacían para restablecer, o bien introducir, la democracia en el país objeto de sus atenciones -argumentaban los tolerantes con el resultado del plebiscito- sin importarles lo que el gobierno local opinara al respecto, y por tal razón se les ha criticado llamándoles imperialistas y cosas por el estilo… ¿y ahora se les exige que hagan precisamente eso, en nombre de los mismos principios? Un poquito de coherencia, por favor.

“Y otra cosa: un guarismo respetable de ciudadanos votó a favor del cambio social, en tanto un mero veintitrés por ciento se opuso. Ahora bien, la Historia nos muestra que los esclavos siempre fueron más numerosos que sus amos; una familia de seis personas podía tener perfectamente una dotación de doscientos africanos en su plantación caribeña. Desde ese punto de vista, no sería válido argumentar que el porciento que rechazó la medida lo constituyen los esclavos potenciales; todo lo contrario, muchos de los que la apoyaron lo hicieron a sabiendas de que en pocos meses podrían haber perdido su condición de ciudadanos para vivir padeciendo trabajos forzados… y, con todo, estuvieron de acuerdo. Si ese es su gusto…”

Cuando se arrepientan será demasiado tarde, contraatacaban los antiesclavistas, todo el mundo sabe que la decepción y el hastío llevan a los ciudadanos a votar de manera irreflexiva, y luego lo lamentan, pero aquí no se trata de esperar cuatro años a un cambio de gobierno, pues no estamos hablando de un sistema social cualquiera, sino de uno particularmente rígido. Es concebible y hasta probable que las voces que en el futuro pidan volver a la democracia sean acalladas o acusadas de estar pagadas por algún enemigo externo. Entretanto, los países poderosos, los que vetaron la solicitud de intervención, lo hicieron con toda probabilidad porque les conviene sostener un estado de cosas en que puedan hacer sus inversiones e introducir su tecnología contando con una mano de obra baratísima. Imperialismo de toda la vida.

De este jaez prosiguió la controversia, pero unos meses después ya no era el tema principal de los noticiarios. El segundo dodo había salido sin pelo pero con escamas de reptil, y los Rolling Stones preparaban una nueva gira.

-El siguiente.

Un hombre joven, aunque no tanto, avanzó hasta topar con el buró del funcionario.

-Vengo por lo del anuncio -declaró.

-Como todo el mundo -observó el empleado público- la verdad es que no damos abasto. Es sorprendente la cantidad de personas que creen que como esclavos estarán mejor. En fin, vamos allá. ¿Nombre?

El candidato dijo que su apellido era Rodríguez, tenía treinta y cuatro años, era divorciado sin hijos, actor de profesión aunque momentáneamente desempleado, con el número de identidad ochopetecientoscerumendiecisexueve, y que vivía en la avenida Primera entre Segunda y Cuarta.

-¿Leyó toda la información online?

-Hasta el último párrafo. De hecho, traté de registrarme por la misma vía, pero no fue posible.

-Tratándose de un asunto tan especial, salvo en casos de patente discapacidad motora del candidato, preferimos efectuar entrevistas presenciales…

-¿Y por qué alguien así querría convertirse en esclavo?

-Se sorprendería -bostezó el funcionario- ayer atendí a un parapléjico, traído por sus familiares cercanos, cuyo ferviente anhelo consistía en ser azotado y crucificado… Bien, cuénteme en pocas palabras por qué se presenta voluntario.

-Mire, desde que alcancé la edad laboral he estado más tiempo sin empleo que trabajando. Soy un buen actor, tengo mi habitación empapelada con críticas favorables, hubo quien en su día me llamó el nuevo Laurence Olivier…

-¿El nuevo qué?

-Es igual. La cosa es que sin estabilidad económica no se puede. Si uno lo mira bien, en democracia, o al menos en nuestro modelo de democracia, el ciudadano está maniatado por los impuestos, la publicidad, lo políticamente correcto. Disfruta de una apariencia de libertad, no de la libertad misma.

-Ahórrese la retórica izquierdista.

-Usted preguntó, ¿no? Como yo lo veo, los esclavos, en cambio, tienen un amo que les garantiza techo y comida. Y un empleo. Para muchos eso es suficiente, se lo aseguro. Es más, apostaría a que presenciaremos un repunte de la economía en menos de un año. Ya sé lo que va a decirme, que las condiciones de vida son durísimas, que hay que trabajar dieciséis horas o más al día, que cualquier signo de rebeldía o desobediencia se castiga con latigazos o en el cepo, que no hay Seguridad Social… Está bien, pero es bonito ver el fruto de tu trabajo. Ahí están las pirámides de Egipto, ¿verdad?, que fueron levantadas por esclavos o ciudadanos nominalmente libres pero esclavizados de facto… Yo sentiría orgullo al saber que tantos siglos después mi esfuerzo contribuyó a erigir una de las maravillas de la Humanidad…

-Me temo que no sentiría nada más que agotamiento, y moriría mucho antes de ver terminada la primera pirámide.

-Eso dice usted, pero no puede demostrarlo porque no vivió en esa época, ¿verdad? Escuche, aunque es poco probable que mi futuro amo me destine a la escena, me mantenga en régimen de servidumbre sólo para que interprete a los clásicos o cuente chistes en su presencia, tampoco es imposible, digo yo. En cualquier caso, no le tengo miedo al trabajo pesado, y estoy desengañado de los sistemas políticos actuales. De todos ellos. En mi época de éxito viajé bastante, recorrí países comunistas, musulmanes, con dictaduras militares… ¿Ha leído a O´Donnell? Es amigo mío.

-¿A quién?

-Ya veo. Bueno, es un teórico, o algo parecido. Me cuesta llamar así a un tipo que publica sus ensayos en Twitter y Facebook, pero puede ser un prejuicio personal. El punto es que concuerdo con su análisis pero no con la solución que sugiere: ensayar la anarquía. No estoy tan seguro de eso, y hemos discutido al respecto más de una vez: un país sin gobierno, hombres sin jefe, no duraría mucho. La esclavitud se mantuvo durante milenios. Por algo sería.

El funcionario suspiró y se reclinó en su asiento.

-Se supone que debo alentarle, pero por lo visto no es necesario. Si estudió la información online, recordará que hay un acápite referido a las circunstancias en que su condición de esclavo podría ser revocada…

-Algo recuerdo, pero imagino que usted va a explicármelo de todos modos.

-Es mi trabajo. La cosa es así: a quienes sean lerdos o revoltosos se les privará de su estatus y, en dependencia de la gravedad de sus faltas, se les castigará en un rango que iría desde seis meses de licencia hasta la reclusión por tiempo indefinido en un campo de concentración bajo condiciones estrictamente democráticas.

-Por Dios.

-Y cuando digo democráticas, quiero decir con elecciones libres, separación de poderes, impuestos y todo. En la práctica, dicho campo funcionaría como ha sido hasta ahora nuestro país, sólo que a escala más pequeña.

-Yo no pienso rebelarme, se lo aseguro.

-Bien. De todas formas, si transcurridos dos años no desea continuar en la posición social elegida, será libre para ingresar voluntariamente a uno de los campos de concentración descritos, o bien para aplicar a una plaza de amo, sobrevivir por su cuenta o incluso para emigrar a otras latitudes, si ese es su deseo.

-No creo que se me antoje tal cosa, pero gracias por la información. Eso del estatus renovable, por cierto, es algo cuya aplicación al matrimonio debería ser considerada seriamente…

-Ya que menciona el hecho de contraer nupcias, está especificado que ningún amo tiene derecho a impedirle casarse con otra esclava, o con un esclavo, pues de ninguna manera nos oponemos a que cada siervo exprese libremente su sexualidad, desarrolle la orientación de su preferencia. Eso sí, los posibles hijos fruto de dicho enlace mantendrán la categoría social de los progenitores hasta su arribo a la mayoría de edad: entonces podrán decidir si siguen siendo esclavos o no.

-Me parece justo.

-Firme aquí y aquí.

Seis meses más tarde, el país no sólo funcionaba como un Estado esclavista (con una nueva Constitución redactada por un equipo de expertos, que integraba a Max Thurber en calidad de asesor) sino que en efecto había experimentado un alza en varios renglones económicos.

Para empezar, el turismo. Las redes sociales rebosaban de videos tomados por visitantes en que aparecían siervos realizando todo tipo de trabajos pesados, siendo apaleados por sus dueños, o simplemente concediendo breves entrevistas donde reivindicaban la belleza de su condición, asegurando que no podría entenderlo quien no lo hubiera disfrutado. Algunos, si disponían de tiempo -en los minutos que les eran concedidos para alimentarse, o por la noche en el barracón- narraban que se convirtieron en lo que eran abrumados por deudas impagables, por estulticia palmaria que los inhabilitaba como ciudadanos cabales o bien como castigo por algún tipo de traición a la patria, aunque la inmensa mayoría estaba allí por voluntad propia; como a Rodríguez, les sedujo la estabilidad que les proporcionaba el amo. Los turistas regresaban a sus hoteles satisfechos y pagaban a gusto, aunque a no pocos, en plena madrugada, les quitaba el sueño la duda de si habría equivocado su camino en la vida, y más de uno amaneció solicitando la ciudadanía del Estado esclavista.

Pero no sólo aparecieron y se abarrotaron hoteles nuevos; numerosas empresas extranjeras, que hasta entonces habían mirado con desdén a ese país lejano e insignificante, descubrieron de pronto las ventajas de invertir allí, comprando contingentes de esclavos frescos que podrían ser revendidos cuando su productividad mermara, o reutilizados como soldadesca en cualquier guerra que tuvieran a mano. Las compañías locales, por su parte, al quitarse de encima a Sindicatos y Ministerios, se dieron el lujo de escoger los mejores socios y precios en una multitud de ávidas transnacionales. La nación esclavista se benefició asimismo de varios Tratados de Libre Comercio y de la condición de socio preferencial de un puñado de potentísimas economías, que no perdían ocasión de asegurar cuánto respetaban la decisión soberana de aquel pueblo valiente y progresista.

También es cierto que la transformación no agradó a todo el mundo: estaba aquel veintitrés por ciento que receló desde el principio. Así, muchas personas, incluyendo a algunos militantes de Partidos de la oposición (aunque no a sus líderes, que se acomodaron enseguida al recién estrenado orden de cosas) optaron por emigrar a otras naciones, unas democráticas y otras no tanto. O´Donnell, el sociólogo, a quien el Cuerpo de Rancheadores de la Policía Popular sugería con cierta insistencia que renunciara a escribir esos texticos subversivos, titubeaba casi a diario, pero a la larga eligió permanecer en su tierra. Para quitarse de encima, al menos en parte, el hostigamiento policial, compró a un vecino suyo, previo acuerdo verbal con el interesado en el sentido de que no lo haría trabajar apenas, con lo cual técnicamente devino un amo, y si bien no dejó de pergeñar textos críticos consiguió encajar así en la nueva estructura social.

Quien sí emigró fue Max Thurber. Con todo y ser el apóstol del gran cambio, a poco de comenzado el segundo semestre ya estaba viviendo en otro país. En conferencia de prensa, declaró haber abrazado la misión de predicar las ventajas del esclavismo por otras tierras, y dado que prácticamente ningún Estado podía preciarse de no haber cobijado relaciones amo-esclavo en algún momento de su historia, con su desempeño no estaba exportando ideologías foráneas sino revitalizando tradiciones.

-¿Qué piensas hacer? -preguntó O´Donnell, mientras su esclavo le servía café al visitante- ¿qué significa, en sustancia, sobrevivir por cuenta propia?

-No sé -admitió Rodríguez- improvisaré, supongo.

-La falta de plan es también un plan -repuso el sociólogo- esto es, si tu plan es no planificar…

-Ya está bien -gruñó el otro- he pasado dos años como esclavo. No lo empeores con tu filosofía barata.

-Sólo estoy tratando de entenderte.

-Es muy sencillo. Como te dije, decidí no volver a firmar como esclavo y seguir por mi cuenta. No sé lo que voy a hacer, pero sí sé lo que no quiero. La esclavitud no compensa. La democracia tampoco: pasé tres meses en un campo de concentración democrático por haberle mirado el culo a la madre del amo.

-¿Lo hiciste?

-Claro que no, ¿por quién me tomas? Se lo miré millares de veces a la esposa y a la hija veinteañera, y el tipo nunca se dio cuenta. La madre tiene setenta y un años, iba a pasear al perro, y yo miraba al perro. Traté de argumentar en esa dirección, con el resultado de terminar tras las rejas democráticas. Para más ensañamiento, en calidad de concejal de Adultos Mayores y Bienestar Social. Fue un infierno, te lo aseguro.

El esclavo de O´Donnell trajo unos picatostes. Su amo le indicó que se sentara con ellos. El hombre obedeció, echó mano al móvil y se puso a mirar entradas de Facebook.

-Como tú, no deseo emigrar -continuó Rodríguez- a diferencia de ti, no me veo como amo, no podría poseer a otra persona ni siquiera en las condiciones en las que lo posees a él…

-Rigoberto -dijo el siervo, tendiéndole la mano- encantado.

-Sí, perdona, debí haberlos presentado -se excusó O´Donnell- si he comprendido bien, no quieres ser amo, te hartaste del estatus de esclavo, no la pasaste bien en el centro de confinamiento democrático y tampoco te entusiasma la idea de emigrar, así que has decidido improvisar. ¿Qué margen hay para la improvisación?

-Muy poco -admitió Rodríguez- he pensado formar una compañía de juglares ambulantes con alguien que cante, alguien que baile y un par de actores para poder montar obras pequeñas. Por el momento, sin embargo, se han presentados poquísimos candidatos a mis castings, así que recién he comenzado a hacer stand up en barracones para alegrar a mis antiguos compañeros. Los amos pagan una miseria porque han perdido la costumbre de pagar, pero voy tirando. Es algo provisional, naturalmente…

-Yo no podría -declaró Rigoberto- por cierto, he oído decir que una banda de profesores de Marxismo intentó asesinar a Max Thurber allá donde ahora vive, porque según el Materialismo Histórico tendría que llegar el comunismo en algún momento, no retornar la esclavitud.

-Fake news -declaró O´Donnell- deberías dejar el móvil un par de horas. No te lo digo como amo, sino como amigo. La gente es más interesante que las redes, y hay libros y películas…

-Claro, claro -murmuró el esclavo, sin sacar la nariz de la diminuta pantalla- y miren quién lo dice. Antes de ser tu esclavo yo ni siquiera tenía móvil. Por favor, sabes que lo dejo cuando quiera. Verás que un día de estos me pongo a leer.

Rodríguez movió la cabeza, no del todo convencido.

-Lo que sí es cierto es que estamos presenciando cosas que no creímos posibles, y que el mundo se degrada y terminará autodestruyéndose si no hacemos algo -vaticinó el sociólogo- nadie es feliz, nadie se va a dormir sin angustias, incertidumbre, deseos de matar a alguien. Valores y derechos pueden reducirse a valorechos: una palabra maleta, como diría Lewis Carroll. Maleta vacía, desde luego. La anarquía, por otra parte…

El actor por cuenta propia se puso de pie.

-Lo siento, pero es hora de irme. El café y los bocaditos, deliciosos, pero…

-Botanas -dijo el esclavo.

-¿Qué?

-Botanas se les llama en México a los entrantes, los aperitivos, las cosas de picar. Acabo de leerlo en Facebook. Y el tercer dodo ha salido bien, a primera vista, aunque con branquias. Para que luego alguien diga que las redes sociales embrutecen…

Rodríguez hizo una mueca y se dirigió a la salida.

-¿Para qué viniste? -preguntó O´Donnell.

-Para verte -dijo el visitante- no me quedan demasiados amigos, y casi ninguno tiene tiempo con tanto trabajo y castigos. Ahora mismo hay uno acarreando piedras para construir un hospital, y otro en el cepo.

-Pero no sólo viniste a eso, ¿verdad?

Ya junto a la puerta, el artista se volvió. Hubo unos segundos de silencio, apenas rasgado por la voz de un teórico de la conspiración que llegaba, amortiguada, del móvil de Rigoberto.

-Quería saber si tenías la respuesta. No esa letanía del anarquismo. Se supone que eres sociólogo, así que imaginé que en dos años habrías encontrado algo…

O´Donnell masticó pensativamente un bocadillo.

-Es cuestión de tiempo que haya un nuevo cambio social. En su momento, el esclavismo dio paso al sistema feudal, con lo que implicó de oscurantismo, guerras y pandemias. No creo que ahora nos aboquemos a un nuevo feudalismo, pero algo vendrá. Algo nuevo. Y no tomará siglos, porque el mundo moderno sigue acelerando en cualquier dirección que tome. En cuestión de dos o tres generaciones…

Rodríguez salió y tiró la puerta.

-Ay, qué violencia -dijo el esclavo.

5 de abril 2025

PRESERVAR, PROTEGER Y DEFENDER

Apenas el embajador japonés abandonó la oficina, el presidente Thurber se quitó la kufiya, se removió el pelo y suspiró con alivio. La etiqueta no lo forzaba a vestir chilaba y sandalias pero recomendaba vivamente el uso sistemático del jodido pañuelo sobre la cabeza.

El despacho era mucho más lujoso que el suyo de ultramar, qué duda cabe, y el personal más eficiente, pero nada compensaba el sacrificio. Estaba harto. Llevaba algo más de dos meses de mandato, le faltaban otros cuatro, pero sabía que no soportaría un día más. A estas alturas resultaba ridículo pensar que aquella, alguna vez, pareció una buena idea. Si todavía se tratase de inaugurar fábricas, sonreír mientras cargaba un niño o firmar cosas, bueno, pero esos eran deberes menores que apenas llenaban un tercio de la jornada: durante el resto tenía que opinar de política regional y recibir embajadores hipócritas que no lo tomaban demasiado en serio. Mierda, no lo tomaban en serio a él, a Max Thurber, el presidente de los Estados Unidos… aunque, durante seis meses, se desempeñase como emir de Abu Dabi y presidente de los jodidos Emiratos Árabes.

A la primera oportunidad iba a matar a Chris, el imbécil Jefe del Gobierno Británico. (Aunque claro, ahora no fungía como tal, sino como cabeza del estado guatemalteco). Más que su Vice o sus asesores, fue Chris quien le persuadió al final de aceptar la propuesta de aquel español, o francés, lo que fuera, aquel imbécil europeo de izquierdas que en un día aciago la escupiera en las Naciones Unidas. Debió sospechar, maldita sea, debió alertarle el hecho de que varios regímenes totalitarios tercermundistas la aplaudieran con entusiasmo.

-Un ingrediente esencial en los conflictos entre naciones es la desconfianza, la subestimación, y en última instancia el desconocimiento del Otro –dijo aquel cabrón y claro, todas las delegaciones insignificantes lo ovacionaron- la convivencia pacífica nace del respeto a la cultura, las ideas, la cosmovisión ajena. Cuando no entendemos las razones del vecino ni nos esforzamos por hacerlo, es fácil verlo como una amenaza, como un dolor de muelas que sólo se aliviará extirpando la pieza dañada.

“Desde hace casi cuatro décadas, la Comunidad Europea se enorgullece del programa Erasmus, gracias al cual estudiantes de una Universidad española, pongamos por caso, pueden permanecer durante un tiempo en un centro equivalente de otra nación del espacio comunitario, aprendiendo otros enfoques, apreciando el valor de la diversidad, fortaleciendo su visión de nuestro continente como una verdadera alianza de iguales. Desde todo punto de vista, el programa de becas Erasmus es un éxito, y se ha extendido a otras naciones fuera del territorio continental.

“Quisiera proponer, entonces, la creación del World Action Scheme for Presidential Mobility (WASPREM) un programa mediante el cual el presidente en funciones de una nación podrá pasar un semestre al frente de otra lejana, con un clima al que no esté acostumbrado, de diferente desarrollo económico, con una postura política distinta y de ser posible contrapuesta a la suya. A todos los efectos será el jefe de Gobierno de ese país, por cuyo desarrollo y bienestar ha de velar como velaría por el de su tierra natal. La idea es que durante ese período aprenda de la cultura adoptiva y sea capaz de comprender la lógica de su accionar interno y externo; más adelante, ya de vuelta en su nación de origen, ese conocimiento influirá positivamente en las relaciones entre ambos estados. La participación se basaría, desde luego, en una estricta voluntariedad, y la selección de los países de destino de los presidentes participantes correría a cargo de un Comité de escrupulosa imparcialidad designado al efecto. Soy de los optimistas que piensan que, con iniciativas como esta, todavía podemos salvar a la humanidad de esa guerra que las películas de fantasía científica dan por inevitable. Muchas gracias”.

Fue, a la larga, el discurso político más trascendente del milenio, pero no muchos lo justipreciaron en aquel momento: al escucharlo, Max Thurber había soltado una carcajada, a la que hicieron coro otros jefes de gobierno de países desarrollados, delegaciones ansiosas por probar su lealtad hacia aquéllos, y políticos de derecha en general. En cambio, una docena de estados totalitarios acogió con demostrativo júbilo la moción del europeo; como no fue aprobada por mayoría, la retomaron meses más tarde en el foro de los No Alineados. De allí nació el Comité que casaría presidentes y países, y estos últimos empezaron a intercambiar líderes ante la estupefacción y la burla de la mayoría de las naciones.

Transcurrido un par de años, las risas apenas si despertaban eco.

-Nos apresuramos demasiado en rechazar el WASPREM –le había dicho el británico Chris, durante una visita oficial de Thurber a Londres por cualquier excusa- tenemos que reconsiderar el aplicarlo. A esa gente No Alineada le ha salido bien. Solucionaron varios conflictos, y en un par de casos repuntó significativamente la economía.

-A esos les funcionó porque más o menos todos tienen el mismo sistema político, y les da igual si el dictador que los subyuga nació en el mismo barrio o al otro lado del Atlántico –gruñó el huésped, paladeando un whisky Glenfiddich- no son estados democráticos, Chris. No voy a irme a gobernar México o Argentina por medio año para que un hispano ignorante joda a los Estados Unidos dando carta blanca a los cárteles de la droga y convirtiendo las corridas de toros en el deporte nacional.

El inquilino del número 10 de Downing Street lució su mejor sonrisa diplomática.

-En realidad, los intercambios no son necesariamente entre dos países, sino que suelen involucrar a tres o más –observó- así que aunque tú vayas a parar a México, eso no significa que tu homólogo mejicano te reemplace en la Casa Blanca. Te recuerdo, por otra parte, que un Comité está formado por individuos, cada uno de los cuales puede ser, ¿cómo te diría? persuadido de lograr una permuta que resulte ventajosa a nuestros intereses.

-Ya –dijo Thurber- ¿y cuáles intereses serían esos?

-Los del Occidente civilizado y democrático, por supuesto. Piénsalo, Max, es una oportunidad única para colarnos en países con los que resulta muy difícil el diálogo, o demasiado costoso un enfrentamiento directo, y dinamitarlos desde adentro.

-Pero ellos pueden hacer lo mismo con nosotros.

Chris movió una mano como si apartara una mosca. Había, de hecho, una mosca, que retrocedió, desmoralizada.

-En teoría sí, pero nuestras instituciones democráticas son demasiado sólidas. En tu país, por ejemplo, ni siquiera tú puedes disolver el Congreso o podar sus fueros; como órgano de poder legislativo tiene que aprobar cualquier ley, y una mayoría de votos en ambas Cámaras puede incluso anular tu veto. El intruso no conseguirá mover un ladrillo, te lo aseguro.

Max Thurber se imaginó al frente de Rusia, de Irán, de China por seis meses. Haría un montón de cosas, de eso no cabía duda, le bastaría la mitad de ese tiempo para convertir a esos cabrones en países decentes, para relegar al pasado tiranteces, enfrentamientos y guerras frías. Y hablando de guerras, le encantaba iniciarlas y subirles la temperatura, pero lo cierto es que no siempre daban los resultados esperados, a menudo las cosas escoraban en dirección equivocada y había un montón de buenos chicos americanos muertos. Estaba al comienzo de su segundo mandato, y el primero había resultado, según las evaluaciones más optimistas, opaco y desabrido; era el momento de hacer algo grande, algo que cincelara su nombre en los libros de Historia. Puede que Chris, por una vez, tuviera un buen punto.

-Te digo más –añadió todavía el británico- ese izquierdista francés que planteó el asunto en las Naciones Unidas tal vez no estuviera tan a la izquierda como parecía.

Max sonrió.

Sus asesores, una semana más tarde, no.

-Si me permite, señor Presidente, se trata de un disparate de principio a fin –dijo el Secretario del Departamento de Defensa, con una voz chillona de alarma antiaérea- para empezar, nadie que no sea nacido o nacionalizado norteamericano puede siquiera aspirar a la presidencia de este país. Nadie puede ejercer el cargo si no se ha postulado por un Partido, si no ha obtenido resultados favorables en una votación adecuada. Si algo le sucede al mandatario, es el Vicepresidente quien debe sustituirle. Puedo seguir indefinidamente, pero baste añadir que ningún verdadero patriota obedecerá al advenedizo.

-No queremos a otro –puntualizó el Secretario de Salud y Servicios Sociales- no soportaríamos a un demócrata, imagine como será con un comunista o un fundamentalista islámico. No puede pedirnos eso.

-Piensen en las ventajas –contraatacó Thurber- en lo que podríamos conseguir.

Repitió los argumentos de Chris, pero el gabinete no parecía muy convencido. Por suerte, el Vicepresidente salió en su ayuda.

-Resultará difícil que el Congreso lo apruebe, pero podemos trabajar en ello –dijo- creo que el señor Presidente tiene razón, es mucho más lo que puede lograr él en territorio hostil que un dictadorzuelo foráneo entre nosotros. Después de todo, los nativos del país adonde enviemos a nuestro Jefe de Gobierno verán en él no sólo a su autoridad nacional, sino al presidente de los Estados Unidos. Y eso no es poco.

En la siguiente sesión de las Naciones Unidas en que resultó oportuno, la moción de WASPREM fue presentada de nuevo, esta vez por un delegado ucraniano. El Reino Unido lo apoyó de inmediato. Le siguieron el primer ministro alemán y, a continuación, el propio Max Thurber, quien fustigó la formulación previa del proyecto y su aplicación hasta entonces por un puñado de estados irresponsables, para elogiar a renglón seguido el nuevo texto y sus perspectivas, a pesar de que ambos eran básicamente idénticos. También sugirió que la conformación del Comité encargado de emparejar presidentes y naciones fuese dejada en las capaces manos del G-8.

La universalización del WASPREM fue aprobada por mayoría. Sólo se opusieron algunos de los estados que la suscribieran la primera vez. En cambio, el tema del Comité fue encomendado a un grupo heterogéneo de países miembros.

-Tranquilo –le susurró Chris a su homólogo norteamericano, a la salida de la histórica sesión- ustedes son demasiado conspicuos, así que el MI-6 se ocupará de eso. ¿Qué país te interesa gobernar en primer lugar?

Thurber se lo dijo. Chris insistió en que podía darlo por hecho.

En los Estados Unidos la prensa se opuso, la maquinaria militar se opuso, los extremistas religiosos hablaron de la llegada de un Anticristo que no hablaba inglés, el Partido Demócrata puso el grito en el cielo. Sin embargo, el Vicepresidente movió sus hilos, recolocó cifras, y unas semanas más tarde el tono había cambiado: la jugada presidencial era vista como astuta y oportuna, y la oposición ahora le exigía al mandatario que no se anduviera con medias tintas y empleara todo su poder en afianzar la democracia en el país de destino.

El aplomo del británico resultó una bravata, y la gestión del MI-6 una mierda: como queda dicho, Thurber terminó en Emiratos Árabes Unidos y Chris en Guatemala, donde además contrajo desde el primer día una enfermedad contagiosa que lo obligaba a permanecer en cuarentena indefinida. Bien merecido se lo tenía el hijo de puta. Por demás, el mandatario de Uganda -país famoso por la extrema pobreza, la violencia y la persecución de homosexuales- tomó posesión temporal del gobierno del Reino Unido, y, horror de horrores, el de Venezuela se posicionó en la Casa Blanca.

La reacción inicial de Thurber fue, naturalmente, proclamarse traicionado, lanzar amenazas contra el ventilador y exigir que las cosas se echaran atrás. Su Vicepresidente le aconsejó que cerrara la boca y cumpliera sus deberes al frente de los Emiratos.

-El Primer Ministro inglés le falló, pero aún puede hacer una buena obra desde Abu Dabi, señor Presidente. Los Emiratos son poderosos, están enclavados sobre un tercio del petróleo mundial, y aunque su política exterior ha resultado imprevisible como la de todos esos puñeteros países árabes, no son de los peores, en su momento nos ayudaron contra Siria. No se preocupe por el venezolano, ni siquiera podrá abrir la boca.

Abrazando la filosofía de que dos trimestres equivalen a un pestañazo, Max Thurber se resignó e intentó hacer lo suyo, afianzar la democracia en el nuevo territorio a su mando. Transcurridos dos meses, sin embargo, sabía que no resistiría un día más. Salvo que las mujeres eran poco más que esclavas, nada le gustaba allí; no sólo no había conseguido que le obedecieran, sino que todos los demás emires, con el de Dubai a la cabeza, le pedían la ídem. Nadie entendía la sensatez de sus ideas, los líderes religiosos exigían su renuncia y soliviantaban a las masas en su contra. Los ciudadanos, que nunca antes tuvieron a la mano un mandatario yanqui para espetarle lo que pensaban de su política exterior, disfrutaban descargando el sentimiento antinorteamericano sobre su persona. Para colmo de males y contra todo pronóstico, el cretino venezolano se bandeaba bien en Washington, los surveys indicaban que había obtenido cierta popularidad después de que la prensa de filiación demócrata publicara detalles de un proyecto de ley impulsado por él, una radical reforma migratoria que eliminaba dobles raseros y convertía las fronteras en puertas de bar. El Congreso, que había enfrentado al intruso desde el principio, rechazó como es natural el escandaloso documento, pero una parte de la opinión pública, en especial los emigrantes y los sectores menos favorecidos, dejó de escarnecerle y empezó a prestarle oído. Terco, el hispano siguió bombardeando a los senadores con borradores de ley a cual más absurdo, de manera que aunque le rechazasen diecinueve terminaban aceptando el vigésimo. Logró, por ejemplo, pasar uno condenando a seis meses de cárcel al funcionario público que no supiera encontrar cualquier país latinoamericano en el mapa, y otro obligando a las celebridades a ponerle nombres normales a los hijos, en especial a los adoptados.

El mundo había enloquecido. Una revuelta LGBT en Londres se convirtió en revolución que destituyó al advenedizo ugandés y, ya puestos, al agonizante Chris y hasta a la Reina, que no había abierto la boca, y proclamado que en lo adelante el Reino Unido sería una gigantesca república hippie presidida por Amy Winehouse, que gobernaría desde el más allá a través de una médium. Japón le declaró la guerra a Haití, y Belice a Rusia; Andorra se balcanizó, subdividiéndose en siete, y en cambio Yugoslavia volvió a integrarse. La economía boliviana se disparó a los primeros lugares mundiales, pero China y Alemania entraron en crisis económica. Algunas naciones convocaron una sesión extraordinaria de la ONU para derogar o por lo menos reformular WASPREM, pero aquéllas felices con el status quo boicotearon la iniciativa, así que no se llegó a nada. Y todo eso en apenas dos meses, sesenta días de locura.

Max Thurber no iba a esperar que las cosas se arreglaran solas. No podía confiar en nadie en Abu Dabi, a excepción de su secretario personal, un nativo de Oklahoma que vino con él al exilio. Lo llamó enseguida y le ordenó preparar el avión presidencial para esa misma noche, en absoluto secreto.

-Nos largamos, Nick –anunció- nos volvemos a América. Busca unos marines para que nos protejan por si estos jodidos beduinos intentan detenernos. Mañana desayunaremos en un país libre. Recuerda que tomo el café con poca azúcar.

La operación fue un éxito: Nick lo mantuvo todo en un perfil bajísimo, de manera que cuando los abudabíes reaccionaron ya el Air Force One rebasaba el espacio aéreo de los Emiratos. Voy a sacar a ese hispano idiota de la casa Blanca y mandarlo a su Venezuela natal, dondequiera que esté ese jodido país, pensaba Thurber, y todos los mandatarios sensatos seguirán mi ejemplo y el mundo volverá a ser como antes, cuando estaba claro quiénes mandaban y para qué servía la democracia. Y es más, voy a adoptar un niño venezolano y llamarlo Ouagadougou, a ver quién tiene los cojones de impedírmelo…

Mientras sobrevolaban el espacio aéreo portugués, el Air Force One fue derribado por dos misiles. La orden fue impartida por el presidente interino Kim, hasta hacía dos meses Líder Supremo de la República Popular Democrática de Corea, quien luego emitió un comunicado acusando a Washington de haber ido demasiado lejos en su política de injerencia en los asuntos internos y la soberanía de su patria.

(14 de abril 2018)

EL PARNASO

La reunión empezó tarde, como siempre, no porque los implicados estuviesen atareados en otra cosa, sino simplemente porque eran escritores y se daban importancia.

Aclaremos: eran escritores muertos. No en sentido metafórico, sino literal. Sus almas se encontraban en un sitio que no era el Paraíso, ni el Infierno, ni siquiera el Purgatorio, sino un enclave diseñado especialmente para ellos, que los inquilinos denominaban El Parnaso. Tampoco se reunían con frecuencia. No todos, al menos. Era habitual que dos o tres se juntaran para hablar mal de otro, pero sólo una vez al año se convocaba a una asamblea como la presente, a la que ninguno osaría faltar.

Una vez al año se decidía cuál de ellos tendría derecho a volver por tres meses a la vida para terminar una obra que hubiera dejado inconclusa, o cuya terminación no le satisficiera plenamente, o en la cual, ya publicada, hubiera detectado un error vergonzante. Por razones relacionadas con la naturaleza del lugar, en que las almas de los autores no eran castigadas como en los dominios del Maligno pero desde luego tampoco premiadas, aquella oportunidad sólo les era concedida cada doce meses y, para mayor refinamiento, el elegido devenía tal a través del voto mayoritario de sus iguales.

-¿Falta alguien? -preguntó el moderador, un funcionario del Más Allá que los atendía. En verdad no tenía demasiado contenido de trabajo, excepto en la votación anual. E incluso ahí su función no difería demasiado de la de un pastor corriente.

-Sólo F -dijo uno de los creadores, un tal Nicanor- pero eso no sorprende a nadie, ¿verdad?

F era un caso triste. En vida había intentado vender su alma al Diablo a cambio de un premio Nobel, pero aquél le respondió que ánimas como la suya atesoraba muchísimas, hasta el punto de haber tenido que reubicar miles de ellas en áreas que no les correspondían, como el Círculo de los Golosos, relativamente menos poblado en la era de las dietas y el fitness. Acto seguido, el Maligno le regaló a F un consejo práctico: que localizara a algún obispo o cardenal de vida intachable y lo indujera a pecar, de manera que el alma del prelado cayera en sus manos; entonces, adjunta o convoyada, aceptaría la suya. A cambio, eso sí, de algo menos complicado que el premio sueco, que arrastraba una larga lista de espera.

F murió sin haber logrado persuadir, ni siquiera contactar, a alguna autoridad eclesiástica, y sus pecados colaterales no eran muy graves, así que no lo aceptaron en el Infierno, pero tampoco en el Paraíso, más pequeño y no menos atestado. A la sazón, una Empresa constructora mixta contratada por ambos reinos, el celestial y el subterráneo, acometió el levantamiento de un recinto para escritores en un terreno comprado a medias entre Dios y Satán, según atestiguaban las Escrituras. De propiedad, en este caso. Durante un tiempo, el sitio lució como una estación de Metro a medio construir. Se propusieron nombres como Filoledén y Literaverno, pero ninguno prosperó hasta que un huraño F, enviado allí cuando aún no había un alma, sugirió como broma El Parnaso. Desde entonces el sitio quedó bautizado, y el abatido aspirante al Nobel no volvió a pronunciar palabra ni a aparecer en público: encerrado en su celda parnasiana, instaló Netflix y pasaba los días mirando series.

-Creo que la cosa está clara -rompió el hielo Rodríguez, un autor de novelas de contenido social- en los últimos cinco años resultaron elegidos otros tantos poetas. Repito, durante un lustro entero. Como si todavía hubiera mucha gente que leyera eso. Creo que es hora de resucitar a un auténtico literato, un narrador capaz de tomarle el pulso a la realidad. Precisamente…

-La poesía es hoy más necesaria que nunca -replicó un vate exaltado- la poesía es un bálsamo para el alma…

-Aquí todos somos almas, y no hay quien se trague tus versos de mierda -le interrumpió otro narrador, un tal Montero- coño, es que ya llevas unas cuantas décadas muerto. Coge fundamento, madura. Estamos aburridos de oírte decir que, ¿cómo se llamaba tu poemario inconcluso?... Psicofonías de un alma contrita, iba a marcar un antes y un después en la historia de la Literatura, cuando en tu caso lo importante no es el antes ni el después, sino el durante.

Varios bardos empezaron a hablar a la vez, lanzando nada poéticas acusaciones sobre Montero.

-Por favor, compañeros poetas -intervino el moderador- tomando en cuenta los últimos sucesos, debo admitir que más allá de la dura opinión de Montero sobre vuestro colega, a Rodríguez y a él no les falta razón al afirmar que, tras cinco años de votaciones a favor de la lírica, otros géneros como la narrativa, el teatro y el ensayo deberían tener una oportunidad. Nos urge.

-¿El ensayo? No me jodas -dijo un cultor del relato breve- vamos a ver, no digo yo que tratados y tesis no tengan valor, pero se trata de textos mucho más científicos que literarios. Eso, claro, en los mejores casos. Ahora bien, este sitio es para gente que usa su imaginación, para almas versadas en el pensamiento creativo, no en el lógico. Que los ensayistas hablen con los jefes y les pidan un espacio exclusivo, pero que no vengan a robarnos nuestros puestos. Enfrentemos los hechos: aquí los críticos no son bienvenidos, porque ellos no son como nosotros…

El autor de un famoso texto de Sociología, Didáctica de las pedradas, se incorporó y le gritó fascista al narrador. El funcionario del Más Allá tuvo que llamar nuevamente al orden.

-Yo quisiera hablar -levantó la mano Bolaños, otro novelista, y prosiguió de esta suerte al serle concedida la palabra- miren, colegas, cuando fui asesinado mediante un hipo inducido, estaba a menos de cincuenta páginas del final de la obra de mi vida, Las hetairas incólumes, la historia de unas mujeres que beben una poción de la eterna juventud y se prostituyen durante un siglo tras otro. Como se desprende del título, es una crítica profunda a la alienación del ser humano en la sociedad contemporánea y al desconocimiento del cambio climático. En ocasiones anteriores ni siquiera me propuse como candidato, pero creo justo hacerlo ahora, porque al ver cómo anda el mundo en estos días estimo, y espero coincidan conmigo, que mi novela es más necesaria que nunca.

-Tus libros son muy largos -objetó una poetisa- que se los lean esas putas tuyas que viven quinientos años.

-Señores, un libro debe ser divertido, llegar a las grandes masas de lectores -opinó Estrada, un autor de best sellers- esa idea de que escribimos para cambiar el mundo es absurda desde la matriz, dado que lo importante es el componente lúdico, el entretenimiento, el placer. Con que sólo el infarto me hubiera sobrevenido un mes más tarde, habría finiquitado El misterio de los números primos segundos, ya saben, la secuela de La trata de agujeros negros, que vendió millones de ejemplares y dio origen a una Convención de fans e inspiración a miles de cosplays. Díganme si no es ese un texto que merece ser terminado para hacer felices a tantas personas.

-Eso no es literatura -estimó un ensayista- es la prostitución del arte. Lo único bueno es que no hay poción que consiga que tus novelas perduren.

-Tus versos no son libres, están en condicional -replicó Estrada, beligerante.

-Mi última obra de teatro fue llevada a escena póstumamente, y de hecho todavía está en cartelera en Kuala Lumpur, donde lleva más de dos mil representaciones -dijo Piña, una dramaturga- pero como la escribí aquejada de Parkinson, hay frases que no se entienden en el original y han sido mal descifradas. La peor, aunque no la única, es cuando la heroína muere: su frase postrera es “aguijoneada por la pesadumbre henchida de sierpes”; sin embargo, mis trazos torturados se han convertido, en boca de la actriz, en “alimentada con podredumbre, cundida de herpes”. No les extrañará, pues, que quiera retornar para desfacer tamaño desaguisado. Aun así, debo señalar que las críticas han sido buenas.

-Espera tu turno -gruñó Rodríguez- en definitiva, estaremos por acá toda la eternidad. Nosotros los narradores…

-Toda la eternidad, sí, pero sigue llegando gente -observó Piña- ayer mismo conté diez dramaturgos frescos. Es una invasión. Y mi obra sigue en el teatro, y ese bocadillo espurio me tortura noche tras noche. ¿Comprendes mi dolor?

Antes de que Rodríguez atinara a declarar si comprendía o no, sucedió algo que no pasó inadvertido a ninguno de los presentes, ni siquiera a los literatos más distraídos: un segundo funcionario se acercó al primero y le cuchicheó al oído, gesticulando como un sordomudo. El primero pareció anonadado por lo que acababa de escuchar, y preguntó algo, también en voz baja. El otro le contestó de la misma manera.

Tras cinco minutos de secreteo funcionarial, las almas de los escritores decidieron continuar con la asamblea.

-El hecho cierto, colegas, es que ya casi nadie lee, y la gente interesada en nuestro trabajo, bien terminado o no, representa una fracción mínima de la población mundial -afirmó Nicanor, sombrío- el resto, como mucho, irá a ver la película. Les digo más, en vida nunca estuve rodeado de tanta gente atraída por la Literatura como acá en el Parnaso, aunque cada uno esté principalmente interesado en su propia obra.

-Dinos algo que no sepamos -rezongó otra poetisa.

-Además soy cineasta -continuó Nicanor, ignorando la interrupción- he llevado al cine un puñado de historias propias y algún que otro clásico. No me cuento entre los realizadores más exitosos, lo admito, hecho que obviamente constituye una prueba más de la estulticia imperante en el mundo, pero tal dualidad me proporciona una ventaja que nadie osará negar. Es por eso que me propongo para la resurrección temporal, que me dará el tiempo justo para terminar el mediometraje basado en mi relato Las corvas del embalsamador.

-Absurdo -manifestó Estrada- no eres muy bueno en ninguna de las dos cosas, y no ya la sociedad de tu país, sino cualquier otra puede pasarse perfectamente sin una película rematada con tan horrible título.

-Ese era el nombre del cuento -replicó Nicanor- la película se llamaría El bisonte benedictino. Todo el filme está contado desde la óptica de…

Piña le dio un codazo subrepticio y le indicó algo con la cabeza. El segundo funcionario se retiraba. El primero, cabizbajo, se dirigió a la asamblea.

-Malas noticias.

Hubo un gemido colectivo.

-¿Cómo que malas noticias? -repitió Montero- estamos muertos. Estamos en el Parnaso. Es algo bastante definitivo, ¿no? Nada que pueda suceder en la Tierra nos afecta.

-No es en la Tierra -dijo el moderador- el problema es… acá.

Los bisbiseos que siguieron le recordaron a Nicanor las viejas películas de dramas judiciales.

-¿Qué sucede?

-Me temo que… van a cerrar el Parnaso.

Los murmullos devinieron inmediata gritería, de la guisa de noticias televisivas de manifestantes protestando por algo en algún sitio.

-¡Inadmisible! -aullaba Estrada- ¡somos almas intelectuales! ¡Merecemos un mínimo de consideración, de respeto! ¡No pueden llevarnos de un sitio a otro como a sillas sin pareja!

El funcionario, apesadumbrado, hizo una mueca.

-Y eso no es lo peor. Se maneja la posibilidad de… bueno, de licenciar definitivamente a todos los inquilinos del Parnaso.

-¿Licenciar?

-Erradicarnos -dijo Montero, lívido aún para su presente condición- Vernichtung. Ni alma ni cuerpo. Como si nunca hubiéramos existido. Hijos de puta.

-¡No pueden hacer eso! -gritaron todos.

Al moderador le tomó un rato hacerse escuchar.

-A Satán las cosas le van mal. Demasiada competencia humana, ya saben, así que acaba de venderle su parte del Parnaso al Señor, que quiere construir aquí una ampliación del Paraíso. Más aún, el Maligno le ha traspasado también unos cuantos millones de almas, porque tal y como le van las cosas no tenía ya condiciones para atormentarlas debidamente. Negocios son negocios. En lo que a ustedes concierne, ni el Limbo ni el Purgatorio están dispuestos a aceptarlos, y el Cielo mucho menos.

-Disparates -evaluó Montero- millones de inquilinos del Infierno, es decir, pecadores de toda la vida van a ir ahora al Paraíso, ¿pero nosotros no? Si bien nunca fui un hombre puro, estoy convencido de que tengo más condiciones que todos esos…

-Las almas que el Señor le ha comprado a Satán serán destinadas a los trabajos que nadie quiere hacer en el Cielo -explicó el funcionario- ya saben, limpieza de nubes, afinación de arpas… Y ahora, claro, la construcción del nuevo suburbio celestial. Contar con mano de obra barata es siempre una ventaja.

-¿Las nubes se ensucian? -inquirió un bardo.

-Bueno, allá todos andan en sandalias o descalzos. Y, aunque es un secreto eliminado de los Textos Sagrados, los ángeles cagan. Algunos incluso mucho, porque padecen de…

-Quiero ver si he entendido bien -dijo Nicanor- el Parnaso devendrá un arrabal del Paraíso. Los desdichados provenientes del Infierno serán ciudadanos de segunda en su nuevo hogar; en la práctica, esclavos de Dios.

-Siervos.

-Ah, ya veo. Siervos. Eso lo cambia todo, ¿no? Nosotros, no tan buenos como los que se sientan a Su diestra pero tampoco tan malos como para lanzarnos a la servidumbre, seremos piadosamente eliminados. Y, por lo que veo, es el Señor quien organiza todo eso… aunque, a decir verdad, un plan tan desalmado suena como cosa del Maligno.

-Si a estas alturas todavía crees el cuento de que Él se limita a hacer el Bien, no eres tan inteligente como creía -le reconvino dulcemente el funcionario.

-Sólo quiero esclarecer otro punto. ¿Nadie resucitará hoy?

-Sí, alguien. Pero ninguno de ustedes, sino F.

Los autores creyeron ser víctimas de una alucinación auditiva en gran escala.

-¿F? -chilló Estrada- ¡si ni siquiera está interesado!

-Pero Satán quiere darle la oportunidad que el pobre hombre pedía. A día de hoy está en problemas, es cierto, pero confía en recuperarse pronto, y quiere a su lado gente como F, bien centrada en un objetivo. Así, F volverá a la vida, ganará el Nobel y, en unos años y en virtud del pacto que rubricarán ahora, su alma pasará a manos de Su Majestad Infernal. Win win, como se dice.

Unos cuantos escritores lloraban abiertamente, aunque sin lágrimas reales, privilegio vedado a las ánimas.

-No queremos desaparecer -gimió un poeta, sollozando en el hombro de una poetisa.

El moderador miró a un lado y al otro, y a continuación abrió los brazos para indicarles que se acercaran hasta formar un grupo compacto. Aunque en número considerable, es sabido que las almas ocupan poco espacio, de manera que a nuestros espíritus literarios no les resultó difícil fundirse en apretado racimo.

-Se supone que no puedo decirles esto -susurró- pero… tengo un contacto que, por un precio razonable, puede entrarlos ilegalmente al Paraíso.

Todos se miraron, pasmados.

-¿Qué pide? -preguntó Nicanor- ¿Nuestras almas?

-¿Serás imbécil? Si tal fuera el caso, ¿a quién guiaría mi conocido hasta el Cielo? No, él quiere dinero. Cinco mil por cabeza para dejarlos más allá de la frontera. Luego, cada ánima irá por su cuenta.

-¿Para qué quiere dinero? ¿Dónde va a gastarlo?

-En la Tierra. No es un funcionario ni un bienaventurado de alguna clase, sino una persona viva. Una persona con, eh, muchos amigos.

-¿Y de dónde se supone que saquemos esa suma? -preguntó el autor de Las hetairas incólumes- ni siquiera cuando disponía de un cuerpo físico tuve tanto dinero.

El moderador se encogió de hombros.

-Hablen con F. El Nobel son diez millones de coronas suecas.

6 de octubre 2025

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